En los últimos días, un jubilado de 70 años ya no podía dormir tranquilo en su antigua casa. Todas las noches, extraños ruidos provenían de debajo del porche, como si cientos de pequeños cuerpos crujieran contra la tierra, interrumpidos a veces por un susurro misterioso.
Esa noche todo se volvió insoportable. Alrededor de las tres de la mañana, el hombre ya no opuso resistencia: tomó una antorcha y una pala y salió. El ruido siguió. Al acercarse al porche, encontró el lugar de donde provenían los sonidos, se arrodilló e iluminó la oscuridad.
Le faltaba el aliento: el suelo estaba cubierto de cientos de objetos ovalados de color blanco verdoso, similares a grandes huevos de gallina. Algunos estaban semienterrados, otros completamente expuestos.
Lo que más le preocupaba era que muchos cambiaban de color: aparecían manchas oscuras en la superficie, como si algo se moviera por dentro. Con su mano temblorosa cogió una. Estaba tibio y ligeramente húmedo.
Dios mío, ¿qué es esto? susurro.
Ganando coraje, golpeó el huevo con la pala. El caparazón se rompió y quedó paralizado.
Dentro se retorcía una pequeña criatura oscura. No era una chica… era una serpiente bebé.
No tuvo tiempo de retroceder hasta que sonó un silbido amenazador desde la oscuridad. Emergió una hembra adulta, larga, maciza, con escamas brillantes. Levantó la cabeza, abrió la boca y se abalanzó sobre él.
El anciano casi deja caer la antorcha. Agitó la pala y huyó sin pensar. Su corazón latía tan fuerte que parecía querer salir de su pecho. Al llegar de los vecinos, pidió ayuda.
Cuando llegaron los especialistas, apenas podían creer lo que veían: en el porche había un verdadero nido de serpientes, cientos de huevos y varios adultos.
El lugar, cálido y húmedo, era perfecto para la deposición.
Se despejó el área, se quitaron las serpientes y se prohibió al hombre acercarse a la casa hasta que terminara el tratamiento.





