Lydia despertó en una casa oscura, donde el viento aullaba afuera y los charcos temblaban tras la lluvia de la noche anterior. Su suegra, Margarita Semiónovna, había llegado ese día, y Lydia se había puesto a limpiar y cocinar al amanecer. Su esposo, Ilya, había prometido ayudar, pero siempre estaba al teléfono. Ella sola puso la mesa impecable, se cambió y recibió a los invitados.
Su suegra inspeccionó el apartamento, elogió la limpieza, pero su tono era frío. En la cena, Ilya sentó a su madre y dijo:
«Mamá y yo empezaremos primero. Los demás luego».
Lydia se quedó paralizada; «los demás» se refería a ella. La humillación la invadió, pero guardó silencio y se levantó de la mesa. Más tarde, incapaz de soportarlo más, empacó sus cosas y se marchó de la casa.
En casa de su amiga Daria, sintió apoyo y paz por primera vez en mucho tiempo. Ilya la llamó, poniendo excusas, pero sin disculparse. Lydia solicitó el divorcio: «No soy una sirvienta y no tengo por qué tolerar faltas de respeto».
Unos meses después, se separaron. Lydia alquiló un pequeño apartamento, encontró un nuevo trabajo y aprendió a valerse por sí misma.
Un año más tarde, conoció a Grigory, un hombre tranquilo y atento que la veía como a una igual. Con él, Lydia comprendió que el respeto no es un lujo, sino el fundamento del amor.




