—¡Svetka, adiós! —le gritaron sus compañeros. Ella les devolvió el saludo y tomó el sendero hacia su casa en el bosque. Vivía lejos del pueblo porque su padre, tras la muerte de su esposa, decidió mudarse. Quería empezar de nuevo lejos de los recuerdos.
Al principio, Svetlana dudó, pero su padre prometió una nueva vida cómoda, incluso con un gatito y un perrito. Vendieron todo y construyeron una casa en el bosque. Un año después, vivían tranquilos, con internet, agua corriente y hasta un perro guardián, Murat. Nikolái trabajaba como guardabosques.
Un día, Sveta descubrió a una mujer atada a un árbol. Su padre la rescató y llevó a casa. Tenía moretones, pero sus joyas intactas: no era un robo, sino algo personal. Al despertar, la mujer, Galina, pidió ayuda: huía de su esposo, que quería quitarle sus bienes.
Poco a poco, Galina se recuperó. Sveta la aceptó con cariño, y Nikolái se sintió vivo otra vez. Entre charlas, risas y complicidad, surgió algo más. Pero cuando él le propuso matrimonio, Galina confesó una verdad dolorosa: su esposo había atropellado a la esposa de Nikolái años atrás, y ella había pagado para que lo soltaran.
Galina se fue… hasta que su esposo la interceptó en la carretera. Nikolái apareció con un arma y lo forzó a confesar todo.
Seis meses después, tras juicios y divorcio, Nikolái y Galina se casaron. Sveta, feliz, descubrió que su nueva madre tenía una cadena de salones de belleza. Y Nikolái, viendo su casa llena de cosméticos, sonrió: todo valía la pena, porque iban a tener un hijo.




