Empezó con una carta.La biblioteca debajo del lago
No era un correo electrónico, ni un mensaje ni una llamada, sino una carta auténtica, escrita a mano, sellada con lacre y entregada en mi puerta, aunque nadie sabía que me había mudado allí.
Acababa de heredar la casa de campo de mi abuelo en las Tierras Altas de Escocia. Estaba apartada, a kilómetros del pueblo más cercano, y daba a un lago tranquilo y negro que los lugareños llamaban Loch Nàdarra. Decían que estaba maldito, que algo bajo su superficie cristalina había sido venerado, y que incluso ahora, ocurrían cosas extrañas cuando la niebla se cernía sobre el agua.
Nunca había creído en esas historias. Era científica. Racionalista. Pero algo en la carta me inquietó.
El pergamino estaba amarillento, la tinta de un marrón oscuro, como si estuviera escrita con sangre. Decía:
“Al heredero de Alistair Croft,
La Biblioteca te espera bajo el agua. No vengas solo. La llave está escondida donde la sombra se encuentra con el recuerdo. La medianoche es más segura. Guarda silencio. Sé respetuoso. Y sobre todo… nunca tomes el libro rojo”.
No había firma.
Al principio, pensé que era una broma. Mi abuelo, Alistair, había sido arqueólogo y coleccionista de mitos extraños. Llenaba diarios con leyendas de ciudades olvidadas, ruinas embrujadas y puertas a otras dimensiones. Pero también era un ermitaño, y nadie lo había visto durante años antes de su muerte.
La curiosidad me carcomía. La segunda noche, fui en busca de respuestas.
Capítulo uno: El susurro en el estudio
La cabaña era pequeña, pero el estudio de mi abuelo era enorme. Una escalera oculta tras la chimenea conducía a un sótano de piedra lleno de libros viejos, objetos polvorientos y notas clavadas en las paredes. La mayoría eran indescifrables: símbolos que no reconocía, mapas sin nombre.
Pero entonces encontré la frase repetida en varios idiomas:
«La Biblioteca Bajo el Lago».
Había entradas fechadas con décadas de diferencia, cada una más frenética que la anterior. La última decía:
«Encontré la puerta. Que Dios me ayude. Vi lo que hay dentro. El libro rojo no debe ser tocado. Nunca más».
Un mapa estaba dibujado debajo, atravesando el bosque, bajando por una pendiente hasta el otro extremo del lago. Allí, garabateado en el margen, estaba la frase:
«Medianoche. Sin luna. Solo».
Capítulo Dos: El Descenso
Seguí el mapa la noche siguiente.
Hacía más frío de lo habitual y la niebla se aferraba a los árboles como piel vieja. El viento aulló una vez y luego se detuvo, como si el bosque contuviera la respiración.
En la orilla del lago, encontré el lugar. Un círculo de piedras, negras por el liquen, rodeaba un charco poco profundo cerca de la orilla. Al entrar, noté que el agua no ondulaba. Simplemente se partía.
En el centro había un pedestal de piedra con un aro de hierro oxidado. Tiré de él.
El agua se drenó al instante, desapareciendo como si nunca hubiera estado allí. Debajo, una escalera de caracol se deslizaba hacia la tierra.
Dudé. Pero bajé.
Las escaleras conducían a un túnel tallado en lisa roca negra. Antiguas runas adornaban las paredes, brillando tenuemente a mi paso. No tenía ni idea de qué las impulsaba.
Entonces llegué.
Una enorme puerta, con forma de ojo abierto, se alzaba ante mí. Estaba hecha de obsidiana y grabada con el mismo símbolo que había visto en el sello de lacre de la carta. En cuanto la toqué, la puerta se estremeció y se partió por la mitad.
Una voz grave resonó desde la oscuridad:
«Entra en silencio. El conocimiento exige respeto».
Capítulo tres: Las pilas infinitas
La cámara que se extendía más allá era colosal.
Estanterías se alzaban entre las sombras —millas de ellas— llenas de libros de todas las formas y tamaños. Algunos flotaban en vitrinas. Otros estaban encadenados a las paredes. Unos pocos… susurraban.
El aire olía a polvo y a secretos. Caminé despacio, el sonido de mis botas amortiguado por un silencio aterciopelado.
No había nadie. Y sin embargo… no estaba solo.
En el centro de la biblioteca había una mesa de lectura con una linterna que se encendió al acercarme. Frente a ella había cinco libros. Uno era negro. Uno era azul. Uno era verde. Uno era blanco.
Y uno era rojo.
Recordé la advertencia:
«Nunca lleves el libro rojo».
Pero mis ojos se sintieron atraídos por él, como si latiera al ritmo de mi corazón.
En cambio, abrí el libro blanco. Sus páginas estaban llenas de nombres. Miles de ellos. Al final, con tinta fresca, estaba el mío: «James Alistair Croft».
Lo dejé caer.
Detrás de mí, oí pasos. Lentos. Deliberados.
Me giré.
Nada.
Pero los libros a mi alrededor empezaron a crujir. La linterna parpadeó. El libro rojo se abrió solo.
Desde dentro, una voz me llamó por mi nombre.
No un susurro. Fue hablado.
Como si algo dentro me hubiera estado esperando.
Corrí.
Pero el camino de regreso se había perdido.
Capítulo Cuatro: El Guardián
Corrí a ciegas entre las estanterías hasta que me desplomé. Y allí, en la oscuridad, lo vi.
Un hombre —no, una criatura— alto y delgado, envuelto en túnicas hechas de páginas. Su rostro estaba oculto tras una máscara de hueso. En sus manos, sostenía un bastón con una pluma en la punta.
No habló. Simplemente me observó.
Entonces levantó su bastón y señaló el libro rojo.
Negué con la cabeza.
Ladeó la cabeza, como curioso. Entonces susurró:
“La Biblioteca te conoce ahora. Leíste tu nombre. Abriste la puerta. Debes elegir.”
“¿Elegir qué?”, pregunté, aunque apenas me salía la voz.
“Un libro que llevar. Una verdad que soportar. Un recuerdo que olvidar.”
Le supliqué que me dejara ir.
Se hizo a un lado, revelando un espejo.
Me vi a mí misma, pero mayor. Más sabia. Sola. Rodeada de libros, con los ojos hundidos y brillando con la misma luz que las runas.
Me había convertido en la siguiente guardiana.
Capítulo Cinco: La Salida
Me dio una llave. Hecha de cristal.
“Úsala”, dijo. “Y puedes irte. Pero recuerda esto: una vez que la puerta se abra de nuevo, debes regresar.”
Tomé la llave. La puerta reapareció tras mí. Las escaleras subían en espiral. No miré atrás.
Cuando emergí del suelo, estaba amaneciendo. El lago estaba en calma de nuevo. El pedestal había desaparecido.
Regresé a la cabaña, sin estar seguro de si algo de aquello había sucedido realmente. Pero la llave de cristal yacía pesada en el bolsillo de mi abrigo. Y esa noche, en mis sueños, los libros volvieron a susurrar.
No he encontrado la entrada desde entonces.
Pero sé que está ahí.
Esperando.
Y algún día, cuando la luna se haya ido y el lago esté en calma, volveré. Debo hacerlo.
Porque el conocimiento tiene un precio.
Y la Biblioteca nunca olvida.





